Crónica de una institucionalidad fallida

Desde que la democracia —aquella que hoy citamos con ligereza— otorgó el derecho al voto universal, debió haber blindado sus cimientos contra quienes se escandalizaban por igualar en las urnas al sabio y al loco, al ignorante y al instruido. Hoy, las grandes instituciones continúan ocupando el decorado y el telón de fondo de lo que aún llamamos sociedad; sin embargo, esta pierde densidad con cada día que pasa, diluida por el oleaje de una vorágine que evoca un gulag transitorio y que pretende habitar cual parásito represivo. 

Asistimos a un acto ofensivo que fractura la institucionalidad y la cordura democrática. Se impone un modelo zarista que aísla la conciencia positiva, empujándola hacia un abismo inhóspito y opaco que deja un sinsabor amargo tras la retórica del desarrollo. Es una opresión silenciosa, pero minuciosamente armada para perdurar. Como un pez dorado atrapado en una malla: mientras más lucha por liberarse, más se enreda en la telaraña del poder, ese poder Napoleónico que no permite confrontación alguna y más si esta, tiene llenas sus maletas con crítica y participación proactiva.

Los administradores de turno dictan su voluntad según su capricho, rompiendo el orden de lo plural, lo social y lo común. Resulta alarmante que lo hostil y lo ilegal comiencen a ser vistos con buenos ojos. En su afán de control, se confabulan para una autodestrucción inevitable; estamos derivando, en efecto, hacia una jerarquía animal bajo la ley del más fuerte.

El humanismo de Montaigne no prima en este contexto. Parece que hemos vuelto a tiempos remotos, pretendiendo construir una gran torre con héroes de distintas tierras e idiomas intraducibles. Bajo esa premisa, el fracaso es seguro. Sin comprensión mutua ni sentido de colectividad, no hay equipo posible y, mucho menos, nación. (de fondo el sublime escrito de Michell Serra. Pulgarsita)

Paúl Cueva Luzuriaga

paulscueva@hotmail.com

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