¡Cómo se sufre!

La sociedad del espectáculo nos muestra la vida como un continuo disfrute del espectáculo: gracias a él, nos olvidamos que somos seres imperceptibles, indoloros, incoloros e insípidos. Nos olvidamos que, a la vuelta de la esquina, nos encontramos con sufrimientos no buscados ni pensados: una enfermedad dolorosa, la muerte de un ser querido, la pérdida financiera que nos deja indigentes, la traición del amigo, el fracaso de nuestros hijos, el cometimiento de una torpeza inmoral… y un largo etcétera.

Y es cuando pensamos que la vida es injusta, porque no merecemos golpes tan fuertes, ya que no hemos cometido un delito tan grande para tan gran castigo. O que la vida  es solo una incertidumbre probabilística que carece de sentido. En ambos casos, el espectáculo que nos ofrecieron nos parece una estafa dolorosa y pasajera que la pagamos con nuestro propio bolsillo.

Pues bien, no hay nada más irreal que pensar que la vida no tiene sufrimientos. Y nada útil, cuando perdemos la esperanza y no se los puede afrontar.

Si somos realistas, sabremos que hay tiempo de llorar y tiempo de reír, como lo dice el Eclesiastés.  Tendremos alegrías inefables, así como sufrimientos desoladores.

Y esos momentos desoladores son los que pueden enseñarnos lo que no nos enseñará el espectáculo que nos habían ofrecido. Porque el tiempo de sufrimiento es un tiempo de aprendizaje. Es allí donde despertaremos del falso sueño y sabremos que podremos dar una respuesta que nos haga crecer en visión y fortaleza.

Porque lo importante no es que no tengamos sufrimientos, sino el ánimo y la disposición con qué los enfrentaremos: puede ser dejándonos vencer por tan gran peso, o aceptando su existencia sin que nuestro espíritu se perturbe, sabiendo que pronto pasará el tiempo de llorar, y vendrá el tiempo de reír.

Carlos Enrique Correa Jaramillo

cecorrea4@gmail.com

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