Cambalache

“Aquello de “todo vale” es el signo de los tiempos” escribía Fabián Corral en El Comercio, el 1 de marzo de este año. Y continuaba: “Eso no significa que haya triunfado la tolerancia y que reine una razonable diversidad. El asunto, me temo, es que asistimos a la caducidad de los valores y a la abolición de los linderos”. Su artículo se refiere a ese ambiente incoloro, inodoro e insípido que se vive y se respira, porque se han diluído los colores, los olores y los sabores de los actos humanos. Tanto vale luchar por la vida y los demás derechos humanos, como establecer leyes que vayan contra ellos y se establezca el crimen a seres indefensos como derecho legal.

Con el ánimo sobrecogido por la desesperanza y la desazón que produce una sociedad llena de sinrazones y silogismos ilógicos, recordé una vieja canción de 1.934, un tango argentino cuya letra es de Enrique Santos Discépolo. Su título lo he tomado como título de mi artículo: Cambalache. Y he encontrado una especie de paralelismo con el artículo de Corral: vivimos ahora -como en 1.934-, una etapa histórica en que “Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor/¡ignorante, sabio o chorro, pretencioso o estafador! / ¡Todo es igual! ¡Nada es mejor! / ¡Lo mismo un burro que un gran profesor! /…  / No pienses más, sentate a un lao / que a nadie importa si naciste honrao / Si es lo mismo el que labura / noche y día como un buey / que el que vive de las minas / que el que mata, que el que cura / o está fuera de la ley”

Asistimos a la sociedad del espectáculo, al decir de Mario Vargas Llosa, en el que todo se barniza para que no asome lo que nos conmueve y lo que nos obliga a tomar decisiones éticas. Sin embargo, el ser humano es terco y siempre habrá quienes busquen, por debajo de los cosméticos, lo verdadero y lo legítimo.

Carlos Enrique Correa Jaramillo

cecorrea4@gmail.com