Cada inicio de año suele llenarse de discursos sobre planificación y desarrollo, pero en Loja esas palabras chocan una y otra vez con la realidad. El Anillo Vial Oriental es la prueba más evidente de cómo una obra necesaria puede quedar atrapada en la telaraña de la politiquería. No ha faltado información técnica ni argumentos urbanos; lo que ha sobrado es cálculo político y falta de decisión.
La crisis de movilidad es visible y cotidiana. La avenida Orillas del Zamora funciona como un cuello de botella permanente. Cuando coinciden actividades como el estadio o centros educativos, la ciudad simplemente se paraliza. Miles de personas pierden tiempo valioso, llegan tarde a sus trabajos, a clases o a consultas médicas, mientras las autoridades siguen administrando el problema en lugar de resolverlo.
Loja ha crecido sin que su red vial acompañe ese crecimiento. La ausencia de una vía alterna en el sector oriental ha sobrecargado una infraestructura agotada. Esta falta de previsión no es un detalle menor: limita el desarrollo urbano, encarece la movilidad diaria y debilita la competitividad de la ciudad frente a otras capitales que sí han apostado por obras estructurales.
A lo largo de los años, espacios estratégicos quedaron abandonados y recursos destinados a proyectos clave se perdieron por desacuerdos políticos de turno y visiones inciertas. Cada decisión postergada significó menos empleo, menos inversión y más frustración ciudadana. El costo de no hacer nada siempre lo paga la gente.
Como ciudadana lojana, resulta inevitable preguntarse cuánto más puede esperar Loja. La paciencia ciudadana no es infinita. El Anillo Vial Oriental no es propaganda ni revancha política: es una urgencia. Cada día sin esta obra son horas perdidas en el tráfico, buses atrapados, ambulancias demoradas. El verdadero atraso de Loja no está en los planos, sino en quienes siguen frenando decisiones que la ciudad necesita hoy, no mañana.
Mayra García Calle
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