Miro y te veo; y contemplo la luz de mi rostro en ti. Quizá solo es la tuya. Me da igual. Me complace. Gano una nueva tanda de jovialidad, que me vuelve animoso y torpe, frágil, más débil de lo que pensé jamás. No me importa. Te tengo a ti.
Hemos aglutinado fuerzas sacadas de donde no parecía quedar nada. Los elementos sustanciales se han vuelto parejos, como nuestros incluso. Navegamos sin rumbo fijo, pero sabemos dónde vamos. Eso nos ha quedado tras la contemplación de la humedad de este mar que somos los dos, que eres tú, que es uno. Nos hemos alertado. No había motivos. Nos hemos congratulado también con el destino ya impregnado de fertilidad. Insistimos en las bondades sin saco, en las destrezas que previenen y arriesgan consiguiendo lo verdaderamente relevante. Hemos podido hablar, y lo hemos hecho. Ya estamos listos.
Pensamos en su día en tenernos, en avisarnos, en registrarnos en la nueva historia que, en estos momentos, nos embarca en una flamante aventura. Tenemos más de lo que precisamos: hemos de valorarlo así. Nos hemos calmado. Anochece una vez más cuando todo es, por fin, lo que aguardamos. No es jueves, como en la película. Sin embargo, asoma el milagro. Irá bien, claro que irá, en esta dimensión que nos trasciende el alma.
Iré a tenerte, y tú me tendrás. Ya lo sé. Lo digo, me lo digo, para no ceñirme a la noria que nos hace mirar hacia una espiral donde no detectamos ni el principio ni el fin.
Hemos acudido a una nueva cita en esta costa que podría ser cualquiera, pero que no lo es, pues nos tenemos. No sabemos quién la convoca de los dos. Otros intuyen el resultado. Nosotros lo conoceremos pronto. Por unos instantes, aguardamos, aguardaremos, que la sorpresa, como te dije, nos gane la partida. Eres el mar en esta playa.
Juan Tomás Frutos.
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