La generación que ‘farmea’ su propia identidad

Cuando parecer importa más que ser.

Hay modas que parecen absurdas hasta que uno descubre que detrás de ellas existe un problema mucho más serio. El llamado “aura farming”, esa práctica juvenil de posar, competir y producir escenas para acumular reconocimiento social en Internet, puede parecer una simple estupidez pasajera. Y probablemente lo sea.

Pero también es un síntoma.

El verdadero problema no es que nuestros jóvenes hagan el ridículo frente a una cámara. El problema es que estamos construyendo una cultura donde parecer empieza a importar más que ser; ser visto, más que vivir; conseguir aprobación, más que construir carácter.

¿Debe el Estado prohibirlo? No.

Un Estado constitucional no puede convertirse en policía de la estupidez. La libertad de expresión, la autonomía y los derechos culturales impiden que el poder público prohíba una conducta simplemente porque la considera absurda.

Pero eso no significa que el Estado deba permanecer indiferente frente a los mecanismos tecnológicos que capturan la atención de niños y adolescentes.

Australia ya impuso restricciones a las cuentas de menores de 16 años en determinadas plataformas. Europa, mediante el Digital Services Act, regula riesgos derivados del diseño y los sistemas de recomendación. Estados Unidos avanza también hacia una mayor responsabilidad de las plataformas por los efectos de sus productos sobre los menores.

Ecuador debería observar.

No para prohibir el “aura farming”, sino para discutir educación digital, protección de datos, diseño adictivo, responsabilidad de plataformas y alfabetización algorítmica.

Porque los jóvenes no inventaron esta máquina.

Los adultos la construimos.

Creamos una economía que convierte la atención humana en mercancía y después culpamos al adolescente por no saber escapar de ella.

Tal vez el problema no sea que nuestra juventud esté perdiendo el “aura”. Tal vez estamos perdiendo algo mucho más importante: la capacidad de formar ciudadanos que sepan quiénes son cuando nadie los está mirando.

Frank E. Castillo Ramírez

cfrankeditson@gmail.com

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