Cada año lectivo empieza igual, con nervios, mochilas nuevas y la sensación de que todo puede salir bien si trabajamos juntos. Como docente, no puedo garantizar un buen año yo solo. Necesito que padres, estudiantes y colegio remen en la misma dirección, cada uno desde su parte.
Empecemos por la responsabilidad. Un padre que se asegure de que su hijo llegue a clase todos los días ya le dio una ventaja enorme. Un estudiante que entra al aula puntual y con la tarea hecha correctamente. Y yo, como docente, tengo que llegar con una clase pensada, no improvisada, porque los estudiantes notan la diferencia entre un profesor preparado y uno que solo llena el pizarrón.
Luego está la disciplina, que no es sinónimo de rigidez, sino de orden compartido. En el aula significa respetar turnos, escuchar y cuidar el espacio de los demás. En casa, un rincón tranquilo para hacer tareas y horarios de sueño razonables. De mi lado, mantendré reglas claras sin gritar ni humillar a nadie.
En cuanto al aprovechamiento, donde realmente se ve si todos aprendieron. Un estudiante participa, pregunta, se equivoca y corrige. Un padre de familia pregunta qué vieron en clases, no solo revisa las calificaciones al final del trimestre. Mientras yo detecto a tiempo quién se quedó atrás, para reforzar su aprendizaje antes de que sea tarde.
Nada de esto es automático. Requiere conversación entre padres de familia, estudiante y docente, cuando algo no sale bien, y disposición para corregir el rumbo a mitad de año si hace falta. Si logramos eso, no habrá garantías, pero sí una base sólida para que este año valga la pena para cada estudiante.
Roberto Camana Fiallos
robertocamana@yahoo.es