Entre el arte, las magnolias y la memoria del corazón

Él nos recibe con afecto, con su porte de caballero, la mirada profunda y un apretón de manos cargado de sentido afecto. Enseguida llegan el abrazo y las palabras generosas que brotan con naturalidad de su boca, sumadas a las de su querida y respetable esposa, Gladis, tan bondadosa como él.

En el esplendoroso y amplio jardín nos regenta un inmenso y majestuoso árbol de magnolia, mientras su casa-taller parece aguardarnos con silenciosa expectación. La contemplamos maravillados: el hogar y espacio de creación que lo ha acompañado durante tantos años es una imponente y antigua casa de la exhacienda Moraspamba, con cerca de dos siglos de historia.

Al ingresar, nos envuelve un universo de colores y trazos que aflora en cada rincón. Como buenos lojanos, conversamos sin medir el tiempo ni advertir el lento transcurrir de la tarde, cuyos rayos de sol se filtran por las rendijas de las ventanas. Descubrimos con especial atención dos cuadros de colibríes y quedamos absortos. Uno transmite la serena armonía y el colorido natural de esas singulares aves; el otro, la fuerza y el vértigo de sus aleteos.

Afuera, los pájaros cantan como si quisieran sumarse al concierto del arte y de la alegría. Brindamos con un delicioso vino acompañado de trocitos de queso cuidadosamente selecto. Luego, con la generosidad que lo caracteriza, se disculpa por unos minutos para encender la chimenea. A su regreso, Gladis se retira un instante porque, como bien dice, el café lojano no puede faltar.

Salimos entonces al jardín que rodea la casa y descubrimos un balcón natural poblado de variadas plantas ornamentales y especies nativas, sobre las cuales, como profundo conocedor, nos ofrece una auténtica cátedra. Es evidente que ama ese jardín, cultivado con esmero y convertido también en testimonio silencioso de su propia vida. Desde allí contemplamos el atardecer dibujarse sobre las estribaciones del Villonaco. El cielo se incendia de tonos anaranjados y, después de esa pausa contemplativa, llega la hora del café, de otra botella de vino, de la cena, de la conversación afable y del extraordinario talento culinario de Gladis. La chimenea nos abriga, pero, sobre todo, nos abriga su calidez humana, su nobleza rebosante y su condición de lojanos auténticos.

Antes de partir advertimos que, en el taller, reposa un lienzo en blanco esperando que las espátulas tracen su imaginación. Entretanto, su generosidad vuelve a desbordarse y, entre risas, conversaciones y silencios compartidos, nos llevamos una pequeña parte de su inmenso talento. Ahora los colibríes nos habitan.

¡Qué jornada tan inolvidable la que nos han regalado los queridos amigos Alívar Villamagua y Gladis Gordillo! Solo puedo pensar que, como escribió Camus, «el corazón tiene su propia memoria». Con mi Stefy, la gran depositaria de mi alma, nos sentimos felices y llenos de afecto y gratitud. Hoy las flores de magnolia reposan en nuestro florero, acaso como el símbolo más hermoso de una generosidad quizá inmerecida, pero que guardaremos para siempre en la memoria del corazón.

José Luis Íñiguez Granda

joseluisigloja@hotmail.com

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