Quejarse es una reacción profundamente humana; nos indigna el tráfico colapsado, las dinámicas con el jefe, la gestión del gobierno, la precarización laboral o las deficiencias en salud, educación y protección ambiental; reacción natural ante lo que nos falta, lo que consideramos injusto o lo que nos parece inaceptable; sin embargo, contentarse con señalar el error no transforma realidades. La clave para marcar una diferencia radica, en cambiar de perspectiva: dejar de usar la indignación solo para describir el problema y utilizarla para cimentar una solución.
Obviamente, construir es mucho más incómodo que quejarse, porque la acción es exigente; obliga a admitir lo que se ignora, expone a probar, fallar y nos hace vulnerables ante la crítica de los demás, pero es la única vía para lograr que la irritación deje de ser un peso muerto y se convierta en energía pura. Canalizar la rabia positivamente no significa reprimirla, sino transformarla en el combustible preciso para impulsar cambios que valgan la pena mencionar; se trata de usar el descontento a favor, no en nuestra contra.
La próxima vez que sientas que algo no va bien, vale la pena detenerse y plantearse una pregunta primordial: ¿Estoy gastando mi energía en quejarme del agujero, o estoy empezando a taparlo? Basados en que, para cambiar las cosas no hace falta un plan estratégico perfecto, con estructura infalible; se necesita de nuestra valentía para dar el primer paso, utilizando los recursos que se tiene al alcance.
Talia Guerrero Aguirre
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