¿Por qué premiamos a quienes nos fallaron?
La democracia ecuatoriana enfrenta una paradoja amenazante, a pesar de alcanzar su población una cobertura educativa primaria casi universal y un 70 % secundaria completa, la memoria histórica parece haberse esfumado en el tiempo. En las urnas, un segmento significativo del electorado insiste en respaldar figuras vinculadas a denuncias sistemáticas de corrupción y al despilfarro de los recursos públicos. Este fenómeno no es casual, sino el resultado de una ingeniería psicológica donde la gratificación inmediata reemplaza a la visión de futuro.
En las últimas dos décadas, el Ecuador ha sido testigo de cómo la ética pública se erosionó bajo estructuras que privilegian el clientelismo. Diversos estudios sugieren que, ante la precariedad económica, el votante promedio no busca programas de gobierno a largo plazo, sino alivio inmediato. Cuando el 60% de la población se encuentra en el subempleo o la informalidad, la «política de la dádiva» se vuelve efectiva frente a propuestas técnicas. Aquí, la educación básica no garantiza el pensamiento crítico; de hecho, en un sistema de dependencia, el nivel académico pierde peso frente a la necesidad material.
La psicología social explica esto a través del «sesgo de confirmación»; el elector no busca la verdad, busca validar su identidad política. Para quienes siguen defendiendo el escándalo, admitir el error implicaría destruir su propio sistema de creencias. Por ello, ciertas figuras o estructuras políticas mantienen nichos de lealtad incondicionales. No es ignorancia, es cuestión de supervivencia emocional y económica. Es más fácil «llorar» a un líder del pasado que reconocer que este hipotecó el futuro del país.
Para romper este ciclo, es urgente, transitar del voto afectivo al voto programático. El ciudadano debe comprender que la corrupción no es un evento abstracto, sino el costo directo del desarrollo. Si no logramos auditar el pasado en las urnas, seguimos condenados a repetir las tragedias del pasado. La memoria no es una carga, es el único escudo que nos queda para evitar que saqueadores de la patria vuelvan a tomar el poder. Las próximas elecciones no deben ser un ejercicio de fe, sino un acto de contabilidad ciudadana.
Pablo Ortiz Muñoz
acuapablo1@hotmail.com