Por qué el éxito ajeno irrita en Latinoamérica

En las instituciones, en los barrios y en redes sociales, un fantasma recorre Latinoamérica ¡La envidia! No se trata del deseo sano de superación, sino del resentimiento silencioso que surge cuando alguien destaca. Este fenómeno es el resultado de un sistema donde prosperar se percibe como una anomalía que debe ser cuestionada. Según el Banco Mundial, la movilidad intergeneracional es tan baja que menos del 15% de las personas nacidas en el quintil más pobre logra alcanzar el quintil superior, el éxito ajeno no se observa como inspiración, sino como una afrenta personal. Es la mentalidad de la escasez, si el vecino tienes más, algo nos quitaron.

Este sentimiento se alimenta de un entorno donde la ideología y la prensa han fallado en blindar el criterio individual. Los discursos que demonizan la prosperidad han validado la envidia, elevándola a una forma de justicia. A esto se suma la prensa que, al priorizar el escándalo, refuerza el prejuicio de que todo logro es turbio. Las encuestas de cultura ciudadana en la región muestran que 75% de la población desconfía del éxito ajeno, y estudios de percepción social indican que 8 de 10 latinoamericanos consideran que la riqueza solo se obtiene de conexiones o corrupción, ignorando el valor del esfuerzo. Si la prensa muestra que se triunfa mediante el engaño, el nivel educativo sucumbe ante el sesgo, el éxito deja de ser mérito para convertirse en presunta culpabilidad. Sin instrumentos para transformar la frustración en estrategia, el individuo recurre a la crítica para nivelar hacia abajo lo que no se atreve a construir.

Para romper este ciclo, es imperativo entender que la envidia es el veneno para la innovación. Una sociedad que castiga al que sobresale y una prensa que solo celebra el fracaso son mediocres. El verdadero desarrollo de Latinoamérica no vendrá solo de reformas económicas, sino de una revolución mental que sustituya el recelo por la colaboración. No debemos castigar al que intenta, ya que el éxito ajeno no es un robo a nuestra dignidad, es la prueba de que el progreso si existe.

Pablo Ortiz Muñoz

acuapablo1@hotmail.com

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