Sí… venimos del mono… ¿Qué?

Dios nos asedia; nos acosa a cada uno hablándonos de mil maneras. Lo que pasa es que vivimos aturdidos de preocupaciones, ensordecidos por la vanidad y el pecado y ¡claro! nos falta tiempo para sintonizar con Dios, para captar su onda y su frecuencia.

Algún medio de comunicación, deformando una noticia procedente del Vaticano, hizo decir al Papa que la Iglesia “ya” acepta la Teoría Evolucionista de Darwin.

Pero el Papa no dijo eso. En su mensaje a la Academia Pontificia de Ciencias en el 60 aniversario de su creación, pedía que vean cual es la “teoría evolucionista” que puede explicar mejor el origen animal del hombre, aceptando la acción de Dios en ese “paso” del “mono” que “llega a ser hombre”.

La Iglesia Católica nunca ha tenido problema con la “evolución”. La discusión con los científicos evolucionistas es por el “materialismo filosófico” que sustenta esa “evolución”.

La raza humana no ha salido “por casualidad” de una anterior raza animal. Dios ha impulsado y orientado toda la evolución de los seres vivos para que al fin apareciera el hombre.

Lo importante es que el primer hombre, lo mismo que cada uno de nosotros, recibe de Dios el espíritu que le hace persona a imagen de Dios.

El libro del Génesis no quiere ofrecernos una enseñanza científica sobre “cómo fue hecho el hombre”, sino una verdad religiosa sobre “cómo es el hombre”, hecho “a imagen y semejanza de Dios”.

No hay contradicción entre lo que dice la Biblia y lo que dice la ciencia sobre el origen del hombre. El hombre: es todo y nada:

Si pisotea su dignidad, no se diferencia de los animales. Si se deja esclavizar por el dinero, es un inexperto jugador en la bolsa del espíritu.

Si no conoce el gozo, es el más triste de los mortales. Si no es generoso con el pobre, es el más miserable de los vivientes. Es polvo que, si quiere, puede transformarse en estrella, haciendo que encuentre sus delicias en tú alabanza.

Edgar Alejandro Ojeda Noriega

eaguasysuelos1@gmail.com

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