Cuando la experiencia vuelve a enseñar

Hace pocos días, un amigo de amplia trayectoria académica y jurídica me compartía una experiencia que merece ser contada:  en una de las universidades de Ambato, el Consejo Universitario había resuelto que los catedráticos jubilados continuaran vinculados a la vida académica como asesores de los estudiantes e, incluso, de los docentes jóvenes. La decisión, lejos de generar resistencia, fue acogida con respeto y gratitud por los alumnos y los amplios sectores del ámbito ciudadano, como un acto de justicia hacia quienes han consagrado su vida al pensamiento, a la cátedra y a la formación de generaciones.

No, no se trataba de volver al pasado ni de desplazar a las nuevas generaciones, sino de algo más sensato que ni siquiera la IA la pueden superar: aprovechar la experiencia acumulada. Aquellos profesores, ya libres de la presión administrativa y del rigor cotidiano del aula, podían ahora orientar, escuchar y aconsejar. Su palabra, forjada en años de estudio y docencia, recuperaba así un lugar natural: el de guía.

Algo similar ocurría hace tiempo en el ámbito judicial. En las Cortes de Justicia del Ecuador, con frecuencia se designaba como conjueces a magistrados de reconocida trayectoria. Su intervención aportaba equilibrio, prudencia y conocimiento a la administración de justicia. No deciden desde la improvisación, sino desde la memoria viva del derecho y de la experiencia humana que este implica.

Ambos ejemplos revelan una misma verdad: la experiencia no es un estorbo, sino un capital social. Sin embargo, en una cultura que exalta la inmediatez y la juventud como valores excluyentes, se corre el riesgo de relegar a quienes más tienen que aportar. Olvidamos que el conocimiento no siempre nace de la novedad, sino del camino recorrido.

En esta visión esperanzadora de mejorar la enseñanza universitaria y la administración de justicia, sería saludable retomar estas prácticas y sentar precedentes claros. La experiencia no compite con la innovación, la orienta. Allí donde la experiencia es escuchada, el error disminuye y la decisión se humaniza.

Tal vez ha llegado el momento de comprender que una sociedad madura no es la que descarta a sus mayores, sino la que sabe aprender de ellos. Porque, al final, la experiencia es- sin duda- una de las formas más altas del conocimiento.

Así lo pienso. Así lo siento.

Jaime A. Guzmán R.

jaimeantonio07@hotmail.es

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