En el paisaje profundo de nuestra provincia, al sur y un poco al oriente, aparecen las maravillosas lagunas negras del Parque Nacional Yacuri. Una magia especial hechiza a quien las visita. En un parpadeo se ve transportado a los tiempos de pureza primitiva, al encuentro íntimo del ser humano y la vida. Se produce el milagro del regreso a la esencia que sostiene toda nuestra naturaleza. El contacto con el entorno renueva nuestra humanidad, le otorga el contexto que le corresponde en el orden del universo.
Si nos miramos en las profundidades de estas lagunas encontraremos el reflejo de nuestro ser moral. Estando frente a su solitaria magnificencia comprendemos la importancia de privilegiar el ambiente sobre la codicia.
Hay gentes, muchas, en muchos lugares, que prefieren ver su reflejo en las lagunas negras que ocasiona la contaminación petrolera. Se trata de la tribu de los pragmáticos. Para ellos la utilidad de hoy, la satisfacción inmediata de la ambición, son las únicas consideraciones válidas. Sienten el horror profundo que emana de las pérdidas monetarias que ocasiona el descanso del petróleo en su cuna de tierra. Añoran los grandes beneficios del comercio petrolero y nos repiten que tales beneficios traen riqueza para todos. Pero, tras sesenta años de exportaciones la riqueza se obstina en volar a los mismos círculos, a la misma capital, a los mismos barrios, a las mismas manos callosas a fuerza de contar billetes.
En el fondo se trata de una cuestión moral. El egoísmo brutal de quienes tienen como únicos dioses a su propio tiempo, a sus propias circunstancias, a sus propios deseos, se enfrenta con la necesidad ética de pensar en los demás, en los que están a nuestro alrededor, en los que vendrán mañana. El planeta no comenzó con nosotros y, con suerte, deberá servir a muchas otras generaciones. Esa suerte depende de las lagunas que escojamos como espejos de nuestras conciencias.
Carlos García Torres
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