La crisis que atraviesa la Asamblea Nacional del Ecuador ha dejado de ser un tema meramente político para convertirse en una preocupación ética y económica que golpea el ánimo de la nación. Lo que hoy se observa en el legislativo es una desconexión alarmante entre la realidad ciudadana y la agenda de quienes ocupan las curules. Mientras el país demanda soluciones urgentes en seguridad, empleo y salud, el pleno se ha transformado en un escenario de conflictos estériles, donde el insulto reemplaza al argumento y la consigna partidista anula cualquier intento de consenso nacional. Para el ciudadano que cumple con sus obligaciones tributarias, el panorama es desalentador. Existe una indignación legítima al ver cómo los impuestos fruto del esfuerzo y el sacrificio de millones de ecuatorianos se destinan a financiar un aparato estatal que parece trabajar de espaldas a la gente. El dinero público, que por definición debería retornar a la sociedad en forma de servicios eficientes y bienestar, termina consumido en una burocracia legislativa que prioriza el espectáculo por sobre la gestión. No es solo una cuestión de presupuesto, es una cuestión de respeto al esfuerzo ajeno. Es imperativo que la política recupere su esencia de servicio. El país no puede permitirse el lujo de sostener instituciones que operan bajo la lógica del «circo» mediático mientras las familias ecuatorianas enfrentan desafíos monumentales para salir adelante. Un legislador no es elegido para protagonizar grescas, sino para diseñar el marco legal que permita el desarrollo y la prosperidad. Ecuador requiere una transformación profunda en su cultura política. Necesitamos una Asamblea que esté a la altura de la dignidad de su pueblo; una que entienda que cada dólar que recibe es una inversión que la ciudadanía hace con la esperanza de un futuro mejor. Es momento de exigir resultados concretos y una austeridad responsable, porque un país que lucha por levantarse no puede seguir subsidiando la ineficiencia de quienes, teniendo el poder de cambiar las cosas, eligen el ruido por encima del deber.
Marco A. González N.
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