No podemos acostumbrarnos a esterilizar las proclamas del abandono de Loja; sobre eso ha corrido mucha tinta escrita por los lojanos y lojanas que han sabido poner los intereses de la provincia por delante (de los intereses partidistas, de los límites ideológicos, de los intereses personales). Deben ser reclamos que conduzcan a soluciones serias, que trasciendan el lobbismo y la gestión que se ahoga en la burocracia. La provincia ha sido objeto de agresiones que se justifican en comunicados, en ruedas de prensa y en reuniones oficiales limitadas. El silencio también comunica y demuestra el desprecio con que se trata a la gente.
Bien está que se mire hacia otros lados, pero no que se abandone lo verdaderamente importante.
Este país se acostumbra a vivir de conmoción en conmoción, de explosión en explosión, y los heridos pronto dejan de importar porque hay unos nuevos heridos en otro lugar. Hay un vaciamiento permanente de los acontecimientos y dejamos de tratarlos con la profundidad e importancia que requieren.
Cerraron nuestra frontera cuando las familias estaban inmersas en el calor de la Navidad, en un ambiente festivo donde no se admiten preocupaciones que manchen el espíritu de esos días. La frontera sigue cerrada, y poco se ha hecho para enfrentar con el rigor que corresponde una decisión que atenta contra la naturaleza de nuestros pueblos. Las razones oficiales no escuchan las razones de la provincia, ni las voces de sus representantes terminan siendo voces representativas, y cuya tibieza también debe ser denunciada.
Es la hora de bajar todas las banderas para alzar una sola: la de Loja.
Pablo Vivanco Ordoñez
pablojvivanco@gmail.com