A veces vivimos con la arrogancia de creer que la vida es un contrato indefinido. Como si la salud, la familia o el trabajo estuvieran garantizados solo porque ayer estuvieron ahí.
Pero no. La vida no funciona así. Y este 2025 me lo enseñó a puntapiés.
A todos nos abruman los cambios repentinos que rompen el guion que teníamos escrito. El desamor, el cuerpo que falla, el negocio que tambalea, el quedarse desempleado o el adiós inesperado de quien amamos.
Nos aterra descubrir que no teníamos el control… porque, en realidad, nunca lo tuvimos.
En mi casa, este año la palabra “pausa” dejó de ser una bonita metáfora. La enfermedad nos obligó a cambiar prioridades, a escuchar esas señales que ignoramos cuando estamos ocupados «produciendo», creyendo que todo está bien.
Entendí algo fundamental, incómodo y necesario: La vida te avisa. El problema es que casi nunca queremos escucharla.
Nos habla a través de la fatiga crónica, de las conversaciones pendientes, del abrazo que postergamos.
Nos susurra hasta que un día se cansa de avisar y ejecuta.
Por eso, cerrar este año no puede tratarse solo de contar dinero o tus logros profesionales. Ciérralo con un balance de conciencia. ¿Qué dimos por sentado? ¿A quién postergamos demasiado? ¿Qué señales seguimos ignorando hoy mismo?
Nada estaba garantizado al empezar este año. Y quizá por eso, lo que nos queda, ahora vale el doble. Si entramos al 2026 con menos soberbia y más gratitud, tal vez la vida no tenga que enseñarnos a puntapiés, lo que hoy aún nos está diciendo a susurros.
Gracias por leerme este 2025.
Marlon Tandazo Palacio
marlonftp@gmail.com