Mientras el espíritu navideño nos embriaga y buscamos trabajar para llegar con profundo sentimiento de paz y amor, Ecuador vive su segunda Navidad roja, pero no rojo por los colores que envuelven la Navidad, sino por la sangre derramada de los cuatro niños de Las Malvinas.
La memoria es frágil y después de un año, estamos olvidando los nombres de: Ismael, Josué, Nehemías y Steven. Cuatro nombres que nos han dado una muestra que el uso excesivo de la fuerza y el discurso de odio, pueden dejarnos años sin respuestas claras.
De criminalizarlos, a declararlos héroes nacionales, a no dar respuestas sobre nada. Un proceso lleno de dolor y revictimización para las familias de las víctimas que después de aquella noche jamás volvieron a escuchar sus voces.
La historia se repite en diciembre de 2025, en el hospital de Macas. Sin la mínima empatía se entrega el cuerpo de una niña en una caja de cartón, como si el derecho a la muerte y al traslado digno fuese un discurso del cual hay que olvidarnos, en donde basta un cartón de medicina para “dejar descansar a la menor”. Nuevamente se piden sanciones se abren investigaciones, quizás habrá que esperar un año más a ver qué pasará con este suceso.
Un país sumido en el olvido, la indefensión y la falta de empatía en donde los niños y niñas del Ecuador, son un número o una cifra más. En donde, nacer en Ecuador se ha convertido en un reto de supervivencia, sin espacio para dejarse ser sino para sobrevivir.
Los últimos diciembres no han demostrado que hemos tenido tanto para estar orgullosos, ahora tenemos cuestiones y acciones por las que deberíamos estar profundamente avergonzados y aún más recordarnos que, somos el país de la memoria corta, que en un año hemos olvidado tanto.
Verónica Capelo N.
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