A veces parece que cuando una pareja se separa, el vínculo entre padre e hijo queda en segundo plano. Como si el rol del papá fuera opcional, como si pudiera desaparecer sin que eso afecte. Pero no, los padres no son prescindibles. No son un lujo, son una necesidad.
Muchos padres divorciados viven con el corazón partido. No por la ruptura con su pareja, sino por la distancia que se crea con sus hijos. Algunos solo los ven fines de semana, otros luchan por tener contacto, y hay quienes apenas pueden mandar un mensaje sin que les pongan trabas. Y eso duele. Duele más que cualquier pelea de pareja.
Un padre no es solo quien paga la pensión. Es quien enseña, acompaña, escucha, juega, corrige, abraza. Y cuando se le arranca de ese papel, se le arranca una parte del alma. Porque ser papá no se apaga con una firma en el juzgado.
Los hijos necesitan a sus padres presentes, no solo en fotos o videollamadas. Necesitan ese abrazo, esa mirada, ese consejo que solo un papá puede dar, los juegos de fuerza, las actividades deportivas, las acciones de riesgo controlado.
Y los padres necesitan a sus hijos para seguir siendo ellos mismos. Un padre sin contacto con sus hijos pierde el norte, su razón de ser y entra en una espiral de autodestrucción identitaria.
Así que no, los padres no son prescindibles. Son pilares. Y cuando se les excluye, no solo se rompe una familia, se rompe una parte del futuro de esos niños.
Victoriano B. Suárez Álvarez
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