Una expresión que insinúa que la guerra es inevitable, o que a pesar de los esfuerzos por sortearla, ésta llegará y aunque no seamos parte nos involucrará.
La reflexión deviene sobre la naturaleza humana y la historia, donde la guerra ha sido una constante marca, que ha guiado los cambios sociales y políticos a lo largo del tiempo. Algunas sociedades más que otras han renegado de la misma, pero, aun así, naciones enteras se han visto avocadas y arrasadas a la inevitable debacle.
En el Doomsday Clock, un reloj simbólico propuesto por la el Boletín de Científicos Atómicos de la Universidad de Chicago 1947, se usa la analogía de la especie humana estando siempre a minutos de la medianoche, donde la medianoche representa la destrucción total de la humanidad.
Y es que, a más de 70 años de la última amenaza nuclear, la inminencia de una guerra total se percibe en oriente más cerca que nunca; y una de las potencias ya friccionó una llaga que latía en silencio. La respuesta será en días, y la contrarréplica igual.
Pero que importa si el mundo se desangra y se masacra en medio oriente, total nosotros estamos muy lejos del epicentro, dirán voces incautas y crédulas de una seguridad geográfica de cartón. Pero no, el planeta es un organismo vivo y está interconectado, en una guerra el TODO será el afectado y sin otra opción por el momento, somos parte de ese planeta.
Cuál es el riesgo de una guerra nuclear: economías colapsadas, inflación, crisis políticas mundiales, hambrunas y muertes, sin contar con los trastornos biológicos, climáticos y de salud mundial.
Las secuelas atizarán durante décadas las economías globales, y frente a ello no habrá “ley o plan” que te salve. Esto ya sucedió y de la historia hay que aprender.
Jorge Ochoa Astudillo
jorge8astudillo@gmail.com