Las encuestas han sido tradicionalmente un instrumento para medir las preferencias del electorado y ofrecer una radiografía del panorama político previo a una elección. Sin embargo, los errores recurrentes en sus predicciones han generado una creciente desconfianza en la ciudadanía. Estas fallas reiteradas han puesto en duda no solo la precisión de los estudios, sino también la imparcialidad de las empresas encuestadoras, cuyos dirigentes podrían estar influenciados por afinidades políticas o ideológicas.
Un ejemplo reciente de esta crisis de credibilidad es lo sucedido con la encuestadora de Diego Tello en las elecciones del pasado 9 de febrero de 2025. Su «exit poll» o encuesta a boca de urna proyectó un amplio triunfo del presidente-candidato Daniel Noboa, creando una percepción errónea en la ciudadanía. Sin embargo, los resultados oficiales revelaron una diferencia abismal con esos pronósticos, lo que aumentó la incertidumbre y alimentó la desconfianza. La brecha entre los sondeos y la realidad evidenció que las encuestas no solo se equivocan, sino que pueden influir en la percepción pública.
Las encuestas no solo miden preferencias, también pueden moldearlas. La publicación de pronósticos electorales puede generar un efecto psicológico en el electorado, ya que un candidato que lidera las encuestas adquiere una ventaja estratégica. Muchas personas, al ver a un aspirante como posible ganador, optan por apoyarlo bajo la lógica del «voto útil».
Si bien los márgenes de error son inevitables en cualquier estudio estadístico, la constante disparidad entre los resultados de las encuestas y el veredicto de las urnas plantea dudas sobre la transparencia de estos procesos. En algunos casos, más que simples errores metodológicos, parecieran ser herramientas utilizadas con la intención de influir en la voluntad del electorado. La pregunta que queda en el aire es: ¿hasta qué punto las encuestas reflejan la realidad y en qué medida la distorsionan?
César Sandoya Valdiviezo
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