La unidad imposible

Hasta hoy, la lista de precandidatos presidenciales es enorme, casi imposible de entender en un momento crítico del país. Parecen obvios los mínimos comunes a los que se debe llegar para contrarrestar de alguna manera la mala hora que vivimos, sin embargo, desde cada flanco se torpedean las (¿buenas?) intenciones.

La unidad de las izquierdas no ha ido más allá de mesas de diálogo, y la gama de las derechas no han mostrado públicamente sus posibilidades de coincidencia alrededor de un binomio. Frente a eso, cabe preguntarse sobre la imposibilidad de unidad en alguno de las facciones ideológicas. Una de las aproximaciones viene sugerida por el carácter caudillista de los partidos políticos, que convierte a la voz del caudillo, en la decisión final de un conglomerado político; sumado a ello, la poca participación activa y determinante de la base militante que muchas veces suele ser desoída. La democracia interna y las elecciones primarias son la pantalla con que se esconden las decisiones que llegan de los burós y las cúpulas dirigenciales.

Los diálogos que se intentan sin líneas programáticas tienen mal final. Si en la mesa se dirime alrededor de la simpatías y antipatías de quienes intervienen, es casi imposible acuerdos mínimos. Tienen que provocar diálogos plurales, públicos, donde la gente también tenga su parte, y su voz sea escuchada. Las negociaciones de los círculos de poder no deberían irrespetar a la gente de pie, a los militantes, a quienes levantan sus banderas y sostienen sus procesos.

Hay que democratizar la participación en el debate público, para que no sean las razones de unos pocos los que terminen decidiendo la suerte de todos.

Pablo Vivanco Ordóñez

pablojvivanco@gmail.com

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