No sabemos elegir

Cada vez que un presidente de la república toma una decisión que no nos gusta, exclamamos apesadumbrados: No sabemos elegir. Y algunas veces, para evitar nuestra responsabilidad, decimos: El pueblo siempre se equivoca.

Si esto es verdad, debemos, entonces, buscar la manera de no caer en lo mismo. Debemos encontrar algo que nos permita ser más efectivos al elegir a nuestros representantes. Debemos ser prudentes.

La prudencia es una virtud que consiste en discernir y distinguir lo que es bueno o malo, para seguirlo o huir de ello.

En esta definición de prudencia hay dos partes claras y diferentes: en primer lugar, se necesita distinguir entre lo que es bueno y lo que es malo. Es decir, debemos tener una escala de valoración que sea confiable. Debemos estar claros que lo bueno no es lo que me agrada y lo malo lo que me desagrada. Una inyección me desagrada… pero es buena para mi salud. Asimismo, me agrada el tabaco… pero es malo igual para mi salud. En segundo lugar, está nuestra voluntad, nuestra determinación: hacer o no hacer. Esto implica que nuestros actos tienen una responsabilidad inexcusable. Y es nuestra responsabilidad hacer solamente lo bueno.

El Papa Francisco nos dice que la prudencia no es “la virtud de la persona temerosa, siempre vacilante”, que depende del criterio de los demás. Al contrario, la persona prudente es creativa: “razona, evalúa, busca comprender la complejidad de la realidad y no se deja desbordar por las emociones, la pereza o la presión de las ilusiones”. “La persona prudente es la que sabe elegir”

La educación debe tomar en cuenta la enseñanza de esta virtud, que no nos sirve solamente para el caso de las elecciones, sino que se dirige a cada acto de nuestra vida. Necesitamos saber lo que es bueno y ejercer nuestra voluntad para hacer aquello.

Carlos Enrique Correa Jaramillo

cecorrea4@gmail.com

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