El capítulo que narraba el caminar de Hugo Homero Jimbo Soto finalizó, y quienes conocieron su recorrido por este mundo lo definen como un hombre de principios.
Escribir en homenaje a él requiere sintetizar su catálogo de virtudes y respetar una de sus cualidades, la imparcialidad. Por lo tanto, esta columna se construirá a partir de la revisión de su incidencia en el derecho y la docencia, y con sustento en las expresiones recibidas por quienes lo conocieron y no en mí porque ante tal evento pisaría sobre el terreno de la parcialidad.
Fue un jurista dedicado al libre ejercicio profesional y a la academia, más adelante cumplió las funciones de juez. En todos estos escenarios cumplió un rol fundamental.
Desde su oficina particular luchó por las causas justas y dio voz a los oprimidos en las trincheras judiciales. Cada proceso representó para él la tarea de superar las tribulaciones que corrompían la tranquilidad de sus representados. Su pelea fue siempre en derecho, evitando toda clase de rupturas de la conciencia moral.
En la academia formó a miles de estudiantes. Su paso por la universidad no se limitó a la transferencia de conocimientos sino en conocer a sus estudiantes y en guardar empatía con sus realidades. El cariño y el respeto fueron los premios otorgados por todos aquellos que lo acompañaron semanalmente de 17 a 21 horas.
En el ámbito jurisdiccional, su recorrido como Juez fue intachable, jamás se sometió al poder de turno y a intereses particulares. Por tal razón, sus sentencias son el reflejo de sus principios y del respeto a la ley.
Hay mucho para hablar sobre este hombre excepcional, a quien pude tenerlo como abuelo, amigo y maestro. Hoy, con luto en mi corazón, aplaudo este legado porque su nombre es sinónimo de SERVICIO.