También es desinformación

Los orígenes de la desinformación están vinculados a la intencionalidad de los relatos, la presentación sesgada de los hechos o las cifras parciales para influir en las audiencias, ocurre hace décadas, solo que ahora la Internet amplifica, y de forma casi instantánea, los impactos de los mensajes errados.

Las investigaciones académicas, las campañas periodísticas y la diplomacia internacional buscan identificar a los grandes proveedores de contenidos falsos que logran incidir en los medios locales de comunicación para privilegiar intereses particulares y debilitar a las democracias.

Los esfuerzos por develar las estrategias de gobiernos o corporaciones extranjeras son valorados por organizaciones internacionales de defensa de los derechos humanos y se cuentan con respaldos de instituciones nacionales, pero son campañas a las que deben sumarse más medios de comunicación y políticos, así mismo continuar trabajando en procesos sostenidos de alfabetización mediática.

La monitorización de los proveedores y vías de noticias falsas se dirige a lo externo, pero hay espacios, líderes locales y prácticas tradicionales que hacen de la especulación su forma de vida. Aunque la Ley Orgánica de Comunicación propone códigos de ética o de conducta, aún continúan los programas que denigran, las columnas de prensa con poca pluralidad, y algunas radios donde se privilegian los comentarios de ciertos “expertos” dejando a muchos sin la opción a participar en las emisiones. Desinformación también es continuar con una agenda informativa soslayada, que no democratiza la palabra, que no edifica una opinión pública auténtica y diversa, que represente la interculturalidad y la plurinacionalidad propias del Ecuador.

Abel Suing

abelsuing@gmail.com

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