
En un caluroso rincón ecuatoriano, Quevedo me aguardaba con un propósito: impartir un taller de Marketing Digital para Emprendedores. Aunque el escenario estaba teñido por advertencias de seguridad, enfrenté la incertidumbre con un corazón lleno de expectativas.
Al llegar a mi destino, se desplegaban sus facetas cambiantes. Don Julio, un conductor sabio en años y anécdotas, me reveló historias del lugar. A pesar de un tentador -chifa- en el camino, seguí las recomendaciones: dirigirme al sitio del evento por precaución, y desde allí solicitar comida.
La magia empezó a desplegarse cuando aún almorzábamos, y pese a que faltaba todavía media hora para el evento, la comunidad ya fluía a su llegada con energía efervescente que contagiaba.
El taller fue un baile de ideas, corazones abiertos y sonrisas auténticas. Quevedo nos acogió con una hospitalidad inigualable. Cerramos el evento agradecidos por ser testigos de una comunidad arraigada en la alegría y entusiasmo.
Al despedirnos de Quevedo, aún con la luz del día, las puertas cerradas de los negocios pintaban un lienzo de contrastes. Empero, me aferré a la bondad que flotaba en el aire de esta bella ciudad. Aprendí que más allá de los noticieros, las ciudades atesoran relatos de vida y personas dispuestas a desafiar estigmas. Quevedo demostró que la esperanza y el amor brotan en los lugares más insospechados.
Desde aquel día, pienso que: las narrativas están tejidas por hilos de realidad y percepción. En cada esquina, las comunidades ansían conexión, aprendizaje y crecimiento. Quevedo, con su autenticidad conmovedora, es un faro que ilumina la esperanza, recordándonos que el alma de un lugar reside en las almas que lo habitan. En mi perfil de Instagram @MarlonTandazoP comparto imágenes de esta experiencia.
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