Un ser de barro

Un ser de barro, un hombre de tierra, un inolvidable pateador de pelota, él, que se hizo con la tierra húmeda de las canchas donde pateó por primera vez a esa redonda que la elevaría a categoría de sol, después de que cada dribleo y de cada caricia, la hiciera encender lo más profundo e inusitado de la actitud humana.

Era eso, un ser humano, un dios de barrio, un santo laico, un ídolo de los que miran y admiran, de los que lloran y sufren, de los que gritan y explotan, de los que se apasionan, de los que aman, de los que no reparan en sus excesos, porque, como él, nadie puede ser perfecto, porque la humanidad es eso, contradicción permanente, conflicto perpetuo, inasible material, incomprensible actitud.

Todos han dicho algo, todos han querido espetarle su rechazo como daga, y los otros, los de pecho caliente, le seguirán tirando besos por el aire cada vez que miren en una zurda un gesto mágico como los que dibujó con el pincel de sus piernas, y también de su mano, de esa que se enfrentó al mundo, y defendió en el césped la afrenta que le habían cometido a sus fronteras con la fuerza de las armas.

Diego Armando Maradona jamás se olvidó del barr(i)o del que estaba hecho, jamás calló como callan los que desconocen su pasado, jamás negó sus errores, y eso, lo hace más de la historia todavía, porque no quiso ser perfecto, y así, con sus excesos, tatuó para siempre la piel del fútbol. Su nada ejemplar vida, seguirá encendiendo la memoria cada vez que su nombre resuene en el grito infatigable que consume las gargantas de los amadores de la magia y la pasión.