Ocho años tiene el más pequeño de mi casa, José. A José lo hemos desbordado de amor desde el día que nació, es más, nunca le ha faltado techo o comida. Ocho años también tienen esos niños reclutados por criminales en Río Verde para cometer delitos. Once años tiene Fernando. A Fernando tampoco le ha faltado el amor, peor aún las oportunidades. Once años también tiene el niño que asesinó a un oficial de policía en Esmeraldas hace poco. Trece años tienen María Paula y Benjamín. Ellos accedieron a educación y salud de calidad y cuentan con un sistema de apoyo materializado en una familia presente. Trece años también tienen los adolescentes vinculados con bandas delincuenciales, narcotráfico, y sicariato. Dieciocho años tiene Diego, él está por entrar a la Universidad a seguir su sueño. Dieciocho años también tenían algunos de los jóvenes que fueron asesinados en la Clínica de Rehabilitación de Adicciones. Ecuador, un país de contrastes.
Mientras escribo este artículo, el nudo en la garganta se tensiona aún más. No concibo la idea del fracaso como sociedad para que nuestra niñez y adolescencias se encuentren en tal estado de frustración, desilusión y abandono. Es un deber ético como sociedad, cuestionarnos y ser sumamente claros y objetivos; nuestro día a día es consecuencia de un abandono estatal prolongado. No de dos o tres años, de muchos más. Los niños sicarios, los niños desnutridos, los niños adictos son consecuencia de la inexistencia de políticas públicas de prevención y de una efectiva ejecución del deber primordial del Estado de garantizar sin discriminación alguna el efectivo goce de los derechos establecidos en la Constitución y en los instrumentos internacionales.
Este rotundo fracaso se ve reflejado en los tantos contrastes existentes, aquellos cristalizados en infancias robadas, adolescencias perdidas, y sueños arrebatados. No confundamos conceptos, en un país que pende de un hilo la inoperancia y la antipatía solo funcionan como detonantes de las crónicas de un desdén anunciado.
Ma. Verónica Valarezo Carrión