El 2023 inicia como se preveía, con una región incesantemente atomizada, atrapada por la polarización, convulsionada por los extremismos, la violencia y una crisis institucional característica de nuestras frágiles democracias. En Perú, la violencia se toma las calles exigiendo la dimisión de Dina Boluarte tras la destitución del ahora expresidente Castillo. Brasil vivió un intento de golpe de estado con la invasión a las sedes de los poderes del estado por parte de turbas de partidarios del expresidente Bolsonaro exigiendo la destitución de Lula da Silva, recordándonos por un momento el asalto al Capitolio en 2021 cuando los partidarios del entonces presidente saliente Trump invadieron por la fuerza el mítico edificio intentando frenar la ratificación de Biden como presidente de los EUA. La detención en Bolivia del gobernador opositor de Santa Cruz desata una serie de movilizaciones y violentas protestas contra el régimen de Arce. Colombia continua con un proceso de pacificación en un nuevo intento de negociación con el ELN que hasta el momento no avanza a la velocidad que se esperaba. Venezuela y el fin de la presidencia interina de Guaidó deja un vacío de poder y la incertidumbre de una oposición dividida que afronta una profunda crisis de cara al futuro de la lucha contra la dictadura de Nicolás Maduro. Por su parte, Ecuador y Chile tendrán referendos relacionados con reformas constitucionales.
La democracia regional continua en crisis, los populismos, autoritarismo o caudillos se toman las elecciones, estamos viviendo una coyuntura política, social y económica desfavorable donde la inseguridad y violencia aumentan, la educación decae y la pobreza consume a nuestros pueblos. El Banco Mundial prevé que el crecimiento de América Latina y el Caribe en 2023 alcance una tasa del 1,3% una desaceleración del crecimiento económico comparando la tasa del 2022 que fue del 3,6% ¿Será que este año volverá el fantasma del estallido social?
Santiago Pérez Samaniego
Twitter: @santiagojperezs