Amor incondicional

Mayo es un mes de radiante primavera, de campos verdes y floridos, de música y poemas, es el mes dedicado al ser más tierno, sensible y bondadoso: la madre.

Y hay un día en especial, el segundo domingo de mayo, ayer, para que ese amor de los hijos le colme de pleitesías, a través de diferentes manifestaciones, muchas sencillas pero muy sinceras, otras opulentas y a veces protocolarias; desde luego, cada cual a su manera. Lo importante es festejar a mamita.

Mucho se ha hablado, desde siempre, que el escoger un día en especial para festejar a la madre, tiene un matiz ciertamente comercial y demasiado materialista, incluso una especie de pugna de poderes económicos, por ver quién festeja mejor a la madre. La respuesta se cae sola, cuando sabemos que madre tenemos todos los días y todos esos días, hacia ella, debe ir nuestro profundo amor y veneración.

Qué hermoso es disfrutar de la presencia de la madre, sentirla nuestra, no importa le edad que tengamos, y disfrutar de sus ternuras y bondad; sobre todo vivir y sentir su amor que es incondicional. Ella nos ama con ese amor que nace de su corazón y que florece en cada uno de sus hijos. Por ellos se sacrifica, se desvela, se alegra con sus triunfos, sufre con sus pesares y, cuántas veces quisiera tener algún bálsamo divino, para sanar sus heridas ya físicas, ya afectivas y sentimentales.

Y, qué doloroso es perderla. Con su partida, todos nuestros sueños se destrozan, nuestras alegrías se tornan pesares…y cuántas veces, solamente cuando la hemos perdido, la valoramos en su real dimensión, cuando ya el pasado no tiene vuelta y nos queda alimentarnos solamente de sus recuerdos.

Si tenemos madre, tratemos de disfrutar en cada momento con ella y de ella, porque en la madre siempre vamos a encontrar los más nobles y bellos sentimientos, el sublime amor del que disfrutó el mismo Dios. Si ya no la tenemos, honremos su memoria con frescas flores y piadosas oraciones. Feliz Día de la Madre.

Darío Granda Astudillo

dargranda@gmail.com