En los años 2015, cuando la ciencia floreció con más esplendor, se cuenta que, dos hombres trabajaron para una institución de la localidad y dieron todo de sí para lograr su progreso, a tal punto que se la llegó a considerar una de las mejores del país, porque se consiguió frenar la corrupción y poner en apuros a ciertos políticos que manejaban la entidad. Entonces, los chacales, las panteras, las serpientes, y buitres del manicomio del odio y progreso del país, con un encono enfermizo consiguieron que los destituyan, Después de algunos años de este acontecimiento, volvieron a verse. Uno de ellos preguntó al otro:
-Te acuerdas de aquellos malvados?
– No. No. Yo olvidé y perdoné todo, contestó. ¿Y tú?
– Yo los sigo odiando a muerte y estoy esperando la oportunidad para hacerlos pagar, respondió con furor el otro.
-Lamento. Si es eso así, pienso que tú sigues trabajando para ellos y sobre todo odiándote a ti mismo.
El odio, carroña que nos roe el corazón, aúna la violencia y el récor, es una de los males capitales de la vida moderna, y de una u otra forma, directa o indirectamente nos ha impedido crecer y avanzar. De ahí que lo fundamental en nuestra vida es aprender a aprender a perdonar; noble temperamento que puede llegar a limpiar asuntos inconclusos y cerrar episodios dolorosos que muchas de las veces afectan al desarrollo de las personas y los pueblos.
Es tiempo de luchar por el mundo de la razón y reconquistar la virtud del perdón. Y solo hay un comino: Explorar y aplicar los principios que nos enseñaron Rousseau, Kant, Hegel, Spinoza y Kierkegaardes, los cuales siempre nos instruyeron: Renunciar la venganza y propugnar la reconciliación.
La inacción es insana e imperdonable. Hay que ponerse el traje del perdón.
Jaime A. Guzmán R.
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