Lo malo de la guerra no es el violento, aquel que mata o destruye de forma vil, sino los corazones que se echan a perder, de las guerras todos salimos envilecidos, los vivos y los muertos. ¿Qué hacer frente al envilecimiento de las personas y su desesperación? Nos queda la esperanza y desde el estercolero en el que se ha convertido nuestra sociedad debemos dar esperanza a los desesperanzados. La palabra esperanza en el idioma hebreo tiene la raíz verbal qwh, y de ella se deriva la palabra qaw (cuerda, hilo) y tiqwal (esperanza). Cuando aquel personaje bíblico llamado Job se desespera grita: “Mis días corren más rápidos que la lanzadera, se desvanecen sin que me quede un hilo de esperanza”. Cuando ese hilito de esperanza se rompe, nos desesperamos, entramos en pánico y se apodera de nosotros la triada trágica, culpa, sufrimiento y muerte. El hilo de esperanza es necesario para no desesperar. Este hilo es muy frágil y a la vez sólido, que requiere de acción, la esperanza es para quien la trabaja. Hay que formularse las preguntas básicas de la vida: “¿puedo intentar ser esperanza para los desesperanzados? ¿Su vida necesita algo de mí? ¿Qué les pasará a ellos si yo no hago lo que debo? ¿Acaso nos planteamos responder a principios universales para configurar nuestras vidas?”. En definitiva, no hay esperanza sin felicidad, pero la felicidad como dijo el filósofo español Carlos Díaz “es imposible sin hacerse uno mismo artífice de sus causas mejores. Quien asume su humana condición y la realiza puede alcanzar mejor una felicidad sólida, fecunda, duradera, universal. Buscar la propia felicidad a expensas de la ajena introduciría sufrimiento. Podemos querer ser felices sin ser justos, pero entonces no seremos dignos de la felicidad.” Gabriel Marcel dijo: “La única esperanza auténtica es aquella que se dirige a lo que no depende de nosotros, aquella cuyo resorte es la humildad, no el orgullo”.
Jorge Benítez Hurtado
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