Carlos Enrique Correa Jaramillo
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Luego de la destrucción causada por las dos Guerras Mundiales, los estados decidieron conformar organizaciones mundiales que permitieran tomar decisiones que no fueran unilaterales, como lo habían sido anteriormente. De esta manera, si se daba un conato de guerra entre dos naciones, la organización mundial podía intervenir para evitar otra catástrofe similar.
Y, en realidad, se pudo ver la rectitud con que se trataban algunas controversias que se suscitaban. Igualmente, se establecieron ciertos tratados que permitían disminuir la brecha en las diferencias entre las naciones. Las ayudas a poblaciones indigentes, el apoyo al desarrollo de la educación, el cuidado de la salud, etc., han sido temas que han merecido atención por estos organismos.
Hay que tomar en cuenta que los tratados que se firman son negociados por los correspondientes países; pero las encargadas de administrarlos son comisiones nombradas por los organismos mundiales, no controladas por los países. En la cúpula de estas organizaciones mundiales se toman decisiones imponiendo políticas ideologizadas y presionando a favor de intereses de grupos políticos y económicos, oponiéndose así a la libre determinación de los pueblos. Por ejemplo, si un estado necesita de un préstamo, dicho préstamo está sujeto al cumplimiento de programas que salen del seno de los organismos internacionales. Bien puede ser la implementación de medidas que atenten contra el seguro social; o bien la introducción de ideologías de género; o el condicionamiento del voto.
Frente a esta difícil situación, vale la pena preguntarse si se debe acatar las disposiciones de los organismos internacionales o, por el contrario, presentar una negativa a sus pretensiones y dejar en claro la libertad que tiene cada nación de autogobernarse.