Volver la cadena de la bicicleta a su lugar funcional, era una tarea que había que hacer cada dos cuadras. Cuando el azúcar se terminaba, la vecina nos auxiliaba en el imprevisto. Al televisor se le inventaban antenas cada cierto tiempo. Pasaron varios años y ya las baterías daban cuenta del porcentaje de desgaste, y las bicicletas viejas se cambiaban; el supermercado a domicilio facilita la falta de azúcar, y el televisor ya no trae un aparato movible en busca de señal.
Cuando los brotes de innovación tecnológica sucedieron, vino una nueva forma de enfrentarnos a los objetos cotidianos, ya no era una relación duradera, casi eterna como los cachivaches, sino que eran de ‘obsolescencia programada’: es decir, las cosas nuevas se anunciaban con horas de uso. Para entonces, se botaban las cosas cuando dejaban de funcionar, o de satisfacernos un deseo.
Hoy, la programación de la obsolescencia queda atrás. Son tiempos de ‘obsolencia percibida’. Ya no desechamos las cosas cuando dejan de ser necesarias, sino cuando aparece un nuevo modelo con funciones añadidas y no siempre indispensables; viene más caro, y quizá trae consigo un nuevo modelo que será su reemplazo. Botamos cosas útiles pero carentes de ‘actualidad’.
La relación de los seres humanos con las cosas, dice mucho de la forma de relacionarnos con los otros, con nuestro entorno. Esa relación de mayor frivolidad con las cosas, lleva a suponer que todo lo que ya no me funciona bien debe ser cambiado irremediablemente, no reparado, ni arreglado, cambiado. Esa forma de relación se da también con la gente, con la pareja, los amigos, la comunidad, y la familia.
Pablo Vivanco Ordoñez
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