Aroma y sabor a café lojano

El café, más que una bebida, es una vieja tradición en Loja; ese café de altura cuyo aroma y sabor se filtra metiéndose hasta el tuétano de los huesos, hasta la sangre, y hasta la esencia misma de la existencia de la gente buena de este lugar del mundo.

El canto del tacho con el agua hirviendo va creciendo desde un sonar bajo y grave hasta un gorgoteo emocionado y luego el rito del filtrado en chucho de tela, mientras se vierte el agua lentamente para tener una taza de café humeante y deliciosa que la acunamos en las manos. Sintiendo ese aroma particular de hogar, de leña, de viejos y amados recuerdos, de ese calor, que alguna vez se dio como un cálido abrazo que viene desde adentro.

Sirvo mi café dejándolo caer en la tasa, y sorbo a sorbo pruebo su más puro sabor y aroma de café lojano de altura, esa sensación agria, cálida, sensual, de paz y perfecta soledad.

El primer café del día es algo así como mágico: permite que todo fluya y nos saque despacito del mundo de los sueños, para llevarnos al mundo donde debemos hacerlos realidad. Ese café de la mañana, que lo tomo con los últimos rayos de luna y cuando aún todo alrededor es quietud y silencio que se rompe inesperadamente con el gorjeo de los chilalos que madrugan para cantar entusiasmados. Ese primer café de la mañana es como una explosión de emociones que nos agobian y liberan a la vez, que nos pone en alerta y lucidez.

¿Será que algún día deje de tomar café? Talvez nunca, porque cuando no hay café, todo falta, añoro ese agrio sabor de la semilla amarga que me endulza la vida; porque el siempre buen café lojano me lleva a vivir el placer de su beso, que me cautiva y esa cálida sensación de cariño y amistad que bautiza mi día de luz.

Zoila Isabel Loyola Román

ziloyola@utpl.edu.ec