Cuando conocí Loja (ciudad que me abrió su corazón), allá por los años setenta del siglo pasado, entre las calles 18 de Noviembre, Universitaria, Imbabura y Colón, había un terreno grande que era ocupado como estacionamiento de buses y sitio para el cambio de aceites y menesteres afines; los chicos se recreaban en actividades deportivas.
Pasaron los años, y aquel lugar nada atractivo, cambió por completo de fisonomía cuando se construyó un parque para recordar la visita de Simón Bolívar a Loja en el año de 1822, ciudad en donde escribió “Mi delirio sobre el Chimborazo”, recordando su ascenso al coloso de los Andes, y que sirvió de inspiración al poeta guayaquileño Medardo Ángel Silva para su inmortal poema “Bolívar y el tiempo”.
Así nació el Parque Bolívar, que desde el inicio contribuyó al ornato de la ciudad, con sus espacios verdes, hermosos jardines, grandes árboles, anchas veredas y, sobre todo, en el centro, el monumento al gran Libertador, quien, con su espada en mano, es el genuino representante del valor de la libertad. Se levantan junto al monumento, columnas con escudos en sus bases de los países que Bolívar independizó.
Con el transcurso del tiempo, este parque llamado a ser el más visitado para admirar sus bellezas, se convirtió en un lugar bastante peligroso porque, según comentan muchos ciudadanos, allí frecuentan personas de dudosa reputación, que ocasionan una serie de eventos atentatorios a la seguridad de los transeúntes y de los pasajeros que toman el bus en la avenida Universitaria. Y, la verdad, muy poco se ha hecho para combatir la inseguridad de este lugar.
Por eso celebro que, últimamente, emprendedores en distintas actividades, se han instalado en el parque Simón Bolívar, para provocar una productiva reactivación que les permitirá la obtención de buenos recursos para su economía y, lo que es más, la seguridad volverá a este espacio y con ella se respirará aires de tranquilidad.
Darío Granda Astudillo
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