Científicos y filósofos discuten la urgencia de declarar de utilidad pública a los medicamentos y vacunas contra la Covid-19. Las compañías farmacéuticas recibirían los reconocimientos justos por sus innovaciones, pero sobre las legítimas ganancias privadas está el bienestar general.
En Inglaterra, EE UU, China y otros países avanzan rápidamente en la inoculación y, aunque no llegan a la totalidad, donan vacunas a países en desarrollo, saben que su prosperidad depende de la globalidad.
Mientras esto ocurre, Latinoamérica se satura de noticias de fraudes, privilegios mal habidos y tráfico de medicinas. El temor y el egoísmo llevan a condiciones ventajosas para pocos, aunque persista el malestar de las mayorías.
Se ha dicho que las causas del atraso no están en la ausencia de recursos sino en valores retorcidos, en la mínima solidaridad y la falta de ética, los sucesos recientes confirman esta tesis.
Día a día caen más personas, se ciegan proyectos, se pierden vidas valiosas a consecuencia de inconscientes comportamientos en la pandemia. Las autoridades se ven agobiadas por el irrespeto de los ciudadanos a los confinamientos. Los círculos de poder que medran del servicio público son barreras infranqueables que no permiten alcanzar las metas de las políticas públicas.
¿Por qué las potencias económicas son tales, y sus progresos sociales y políticos son altos? Tal vez la respuesta está en su solidaridad, en velar por la inclusión.
Los ecuatorianos están en riesgo de retrasar más su prosperidad. El mal de otros es también el propio. El cambio está en cada persona. Las relaciones cotidianas deberían estar guiadas por el bien hacer y el bien decir para los demás.
Abel Suing
arsuing@utpl.edu.ec