‘Yo soy doctor…’

Usted lo ve en traje y corbata y asume que es un caballero. Si no lo trata, lo parece, al menos lo parece. Pero basta con que lo escuche o algo le cuestione y se dará cuenta de las ínfulas que le gobiernan. Si usted es un abogado, porque producto de las reformas legales así ahora se denomina el título que acredita el ejercicio de algo tan hermoso como el Derecho, este caballero le enfatizará que él es un Doctor en Jurisprudencia. Diferencia abismal, dice. Si usted es aún bastante joven, este caballero le restregará en la cara que tiene ya varias décadas de experiencia, producto del ejercicio de varios cargos y de su profesión misma. Podría pasar horas recordándole el aparente lustre que le ha dado a la profesión. Si usted le cuestiona su apreciación errada de alguna institución jurídica, recurrirá al argumento de que se refería a un asunto gramatical. Yo soy Doctor en Jurisprudencia, le recordará enérgicamente. Si usted trata de explicarle algo, nuestro caballero lo interrumpirá diciendo que él conoce perfectamente porque ha trabajado en su misma especialidad, y por ende no necesita explicaciones de ninguna clase. Se las sabe todas, en teoría. Si usted ignora algún artículo de la ley o interpreta algún fenómeno jurídico de diferente forma, lo mandará a leer. “Lea, haga el favor, lea”, le dirá. De todas formas, una petición educada, así nuestro caballero lo diga como si de una oración imperativa se tratase. Si usted se encuentra sentado y el sumo doctor de pie, le mirará con inferioridad. Yo soy Doctor en Jurisprudencia, le insistirá. Usted es abogado. Lea la Ley de Educación Superior y encuentre la diferencia. Yo he sido Fulano, Sutano, Mengano, y más Fulano, más Sutano y más Mengano.

¿Y yo qué? Yo solo sonrío y pienso en la diferencia abismal entre ser docto y ser doctor, entre ser un caballero formado y un caballo ensillado. Y entonces recuerdo un fragmento de un lapidario microcuento del gran Jorge Dávila Vázquez, que reza: “Soy hombre de un solo libro, dice, mientras exhibe orgulloso la edición del Quijote empastada en cuero. El libro se sonríe. Sus páginas jamás han sido leídas por el vanidoso”. Yo también he sonreído.

José Luis Íñiguez G.

joseluisigloja@hotmail.com

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