Un lápiz de los campos olvidados

Un símbolo ineludible de la modernidad es la conquista de la ciudad como el espacio preferido para la reproducción de la vida. La concentración de la administración de la nueva forma de vida colectiva en la ciudad, otorgaba nuevas oportunidades -a la par de que se va consolidando el reino de las necesidades infinitas, y los satisfactores, no siempre escasos, pero para muchos esquivos-, y la historia iba mostrando la ilusión de las grandes ciudades: Viena, París, Weimar.

Las transformaciones no eran únicamente espaciales, sino sobre todo sociales. Las viejas aristocracias tan enclavadas en su patrimonio y tradiciones, fue de a poco desplazada por las burguesías nacientes que empezaban a concebir a la cultura como un blasón propio de quienes superan el pasado más hierático.

Lo que fue dejando oculto el desarrollo citadino y las nuevas conquistas sobre la economía, la política y la cultura, era el rostro antiguo del campo, del mundo rural, del espacio madre de la conservación y la reproducción de medios para el sostenimiento de vida. Los espacios urbanos fundaban también nuevas formas de concepción de lo higiénico, el ornato y el orden de las cosas; así mismo, fue fundando falsas mayores jerarquías entre el trabajo intelectual y el trabajo manual. 

En los países latinoamericanos, el campo sigue siendo olvidado, oculto, visto con paternalismo y visión colonial. De esos rincones inobservados nace Pedro Castillo, y por eso lo pintan como esperpento. Hasta que tengamos más señas, buen viaje al último y más popular de los presidentes peruanos.

Pablo Vivanco Ordoñez

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