El mar se está calentando, informa el Instituto Oceanográfico y Antártico de la Armada (Inocar), ha subido 3° y está en ascenso, con lo que el temible fenómeno del Niño 2026, parece que está muy cerca, y dicen que podría ser devastador. El gobierno, a través de sus organismos, viene realizando trabajos preventivos en todo el país, para lidiar con la agresiva naturaleza, cuyo accionar es impredecible.
Acá, en nuestra provincia, sobre todo en lo que hace relación a la parte sur oriental, se ha observado a cuadrillas de trabajadores, empeñados en limpiar las cunetas de las vías y los lechos de las quebradas que, con abundante agua, podrían desbordarse, como ya ha ocurrido en ocasiones anteriores. En apariencia, parece que cuando, llegue el Niño (posiblemente los dos últimos meses de este año y los tres primeros del siguiente) podríamos soportar su embate, evitando tragedias mayores.
Sin embargo, y eso llama poderosamente la atención, algunas vías aún mantienen severos rezados de inviernos pasados, que no han sido objeto de un tratamiento de reconstrucción técnico, sino, solamente, superficial. Recordemos que, a fines de enero de este año, el presidente Daniel Noboa visitó nuestra ciudad para apercibirse de las necesidades de la provincia y que, para vialidad, ofreció una cantidad cercana a los 50 millones de dólares, con los que, se aseguró que se podrían rehabilitar todas las vías afectadas.
Han pasado seis meses y, al menos en lo que hace alusión a las vías que van al sur oriente: Malacatos, Vilcabamba, Yangana, etc., no se ha hecho nada; solamente, en algunos sectores de daños muy notorios, se han colocado algunas volquetadas de material y luego le han pasado el rodillo, como para engañar a la vista, porque se las veía muy bien; sin embargo, con las lluvias de los últimos días, aparecieron los baches por todas partes y las molestias so mayores.
Así está la vialidad en nuestra provincia en donde, aunque resulte trillado y molestoso decirlo, las autoridades no elevan su voz de justiciero reclamo ante los poderes centrales y, como siempre, seguimos relegados porque somos “el último rincón del mundo”. Ojalá El Niño no convierta ese letargo en una pesadilla.
Darío Granda Astudillo
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