Del debate de ideas, a quién tiene más likes

Se acercan nuevamente las elecciones y vuelve la pregunta de siempre: ¿por quién vamos a votar? Es una pregunta importante, por supuesto. Pero quizá no sea la única que deberíamos hacernos.

Vivimos en una sociedad en la que buena parte de la ciudadanía desconfía de las instituciones, de los partidos, de los políticos e incluso de lo público. Una sociedad que, sin embargo, continúa defendiendo la democracia, aunque cada vez parezca tener menos esperanza en ella. Quizá parte del problema esté precisamente allí: hemos terminado confundiendo elecciones con democracia.

Pensamos que nuestra responsabilidad ciudadana comienza y termina frente a una papeleta. Votamos, cumplimos con nuestro deber “cívico” y regresamos a nuestra vida cotidiana. Pero ¿es realmente suficiente?

¿Es suficiente esperar el regalo, el concierto o la campaña más llamativa para decidir quién tiene la mejor propuesta? ¿Puede un TikTok de diez segundos explicarnos una visión política de ciudad, provincia o país? ¿Es suficiente resignarnos a votar “por el menos malo”? ¿O repetir que la política no nos afecta porque, gane quien gane, al día siguiente igual tendremos que trabajar?

Y del otro lado, ¿podemos normalizar una clase política atrapada en el inmediatismo, capaz de negociar principios, cambiar de discurso o hacer prácticamente cualquier cosa con tal de ganar una elección?

Personalmente, creo que allí está uno de los grandes debates de nuestro tiempo. Vivimos en una época que nos invita a reducirlo todo. La política a una elección. Una idea a un video de pocos segundos. Un programa de gobierno a un eslogan. El debate público a una batalla de likes. La democracia a una campaña.

Pero queda una pregunta incómoda: ¿y el fondo? Porque cuando desaparece el fondo, solo quedan las formas. Y una democracia únicamente de formas puede conservar elecciones mientras pierde progresivamente aquello que debería darles sentido: ciudadanos críticos, instituciones sólidas, discusión pública, ideas, principios y proyectos colectivos.

La democracia no ocurre únicamente el día que votamos. Ocurre cada vez que preguntamos, cuestionamos, participamos, exigimos, debatimos y entendemos que aquello que llamamos “lo público” también nos pertenece.

Si abandonamos la política porque estamos decepcionados de quienes la ejercen, dejamos precisamente ese espacio en manos de quienes menos queremos que lo ocupen.

Tal vez recuperar la democracia empiece por algo sencillo, pero profundamente político: volver a preocuparnos por lo común. Porque votar importa. Pero construir ciudadanía importa mucho más.

Pablo Ruiz Aguirre

pabloruizaguirre@gmail.com

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