Sembrado en el viento

En uno de sus últimos discursos, Simón Bolívar, nacido un día como hoy, dijo, con notable decepción frente a la causa que lo había ocupado toda su vida: “he arado en el mar y sembrado en el viento”. Él, que había recorrido el mundo alimentando sus ideas, y nuestro continente destrabando cadenas, en un ambiente de desolación interna, se atrevió a decir eso. Él, que había librado más de cuatrocientas batallas, sentenció que el bregar por sus ideales, de poco servía. Lo pronunció, seguramente, en un momento de devastación y tristeza, de decepción y hastío.

Arar en el mar y sembrar en el viento, puede ser tranquilamente, una frase que cabe para nuestros días, en el contexto mundial en que nos encontramos. Toda la reflexión humana construida por la filosofía y el pensamiento, toda la racionalidad, la técnica y la tecnología, todo el siglo de las luces y su correlato, parece ser que ha quedado como semillas en el viento, no porque se esparcen para germinar en otras tierras, sino para difuminarse, para hacerse imperceptible, para borrarse tras la novedad, la banalidad y el desprecio por la historia, el pensamiento y el tiempo.

Nunca como hasta hoy, la humanidad ha tenido todo en sus manos para hacer del mundo un mejor lugar, pero en vez de ir hacia la conquista de los valores que hicieron nacer la república, la modernidad, el estado, y la universidad, por ejemplo, se va en su desmedro, en su destrucción, en su desprecio. Son tiempos de crisis civilizatoria, y el eco del peligro se cierne todos los días y en todos lados. Pienso que Bolívar lo hizo también de forma provocadora, para incitar a nuevas empresas heroicas. Y nosotros, podemos sostener su idea, para provocar también nuevas formas de mirar el mundo, quizá en contra del ritmo que nos sigue empujando.

Pablo Vivanco Ordóñez

pablojvivanco@gmail.com

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