Semáforo en rojo

Mientras esperaba a que el semáforo cambie del rojo al verde, una moto que estaba a mi lado, aceleró y pasó tranquilamente sin inmutarse. Inmediatamente, y del lado opuesto a la vía, un taxi también aceleró y siguió su camino a gran velocidad, para no perder otra carrerita.

El pasarse el semáforo en rojo, quedarse con el vuelto cuando se ha recibido demás, mentir al tratar de vender un objeto, meterse en la fila en menoscabo de quienes estuvieron antes, dar el voto al que ofrece un puesto sin someterse a un examen, recibir coimas para dar un fallo, levantar calumnias contra el enemigo político, etc., es algo normal y hasta “inteligente”, según los parámetros de nuestra “viveza criolla”. Si alguien no la aplica, es porque no entiende que así es la vida y que va a ir por el mundo perdiendo y perdiendo oportunidades si no aprovecha cada ocasión en que pueda demostrar su inteligencia.

Pero esta viveza criolla no sirve de argumento para nada cuando se reclama sobre la corrupción enraizada en la vida política de nuestro pobre país. En este caso, se quiere que a los corruptos se los meta a la cárcel hasta que paguen toda su corrupción… si es que no se pide que se los condene a muerte.

Entonces, hay dos balanzas para medir: cuando uno comete un ilícito, se trata de que uno es inteligente. Pero cuando son los otros, se trata de corrupción.

No depende de quien gobierne una nación para que los ciudadanos actuemos correctamente, honestamente. Depende de mí, y solo de mí, actuar de manera limpia y honesta. De nada vale que elijamos gobiernos de derecha, de izquierda, de centro izquierda un poquito a la derecha, de arriba o de abajo. Aunque cada uno nos cuente linduras de lo que será su gobierno en que regalarán dolaritos a tantas familias o que habrá pan, techo y empleo para todos.

Carlos Enrique Correa Jaramillo

cecorrea4@gmail.com