Sacrificios de lo político

Los últimos procesos electorales han estado signados por la ausencia de la política como eje de la discusión del futuro colectivo del país. La ausencia del componente fundamental con que se hace gobierno, ha estado relegada por los nuevos formatos, que crean en la ciudadanía meros consumidores de eslóganes y prejuicios. Fue una campaña preocupante, sin altas discusiones sobre los problemas centrales que han urdido la crisis en la que estamos. De nuevo, la banalidad y el espectáculo, la moda y el facilismo, la mentira y las conjeturas, fueron decisivas en una campaña anticipada que no se dirimió por sus propuestas e ideas, sino por todo aquello que no resulta imprescindible: por los ornamentos —objetivos y subjetivos— con que revistieron sus apuestas. Seguramente esta campaña ha dado mucho material de estudio a las facultades dedicadas al mercado y al marketing. Sin duda, hay mucho material para el estudio de las ciencias sociales y políticas, pero se relieva en la opinión pública —gran colaboradora de la construcción de los relatos hegemónicos— una narrativa mercadotécnica y no reflexivamente política. Este sacrificio de los consumidores por los ciudadanos, de las ventas por las conciencias, de lo falsamente nuevo, no abre mejores rumbos al país, sino que cimienta un poco más de lo mismo. Son las formas blandas con que se va posicionando una perversa lógica antipolítica, que trae consigo los peores peligros para la democracia y el equilibrio social en general. Los giros pueden ser importantes, pero muchas veces se gira tanto que se vuelve a lo mismo, aunque en apariencia se planteen como moldes distintos.

Pablo Vivanco Ordóñez

pablojvivanco@gmail.com

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