“Siempre que te pregunto que cómo, cuándo y dónde/tu siempre me respondes/ quizás, quizás, quizás”. Al escuchar las cautelosas y dubitativas declaraciones de nuestras autoridades, respecto a las eventuales obras que se harán en un borroso futuro, no podemos menos que recordar el famoso bolero. La música de las guitarras y las voces engoladas de añejos cantantes resuenan en nuestros oídos mientras se barajan posibilidades, se conjuran visiones del porvenir, se especulan con las condiciones necesarias para hacer, por ejemplo, la vía a Catamayo con cuatro carriles o para dotar a Loja de un abastecimiento mínimo de agua potable, o para rescatar las casas que se hunden en los barrios populares. Quizás, tal vez, a lo mejor, puede ser, en fin, soñadoras vaguedades que, en el sopor que sigue al almuerzo, escuchamos de la boca de los personajes de costumbre. Lo incierto de la existencia humana parece estar siempre presente en la imaginación de los funcionarios públicos, de manera que su método de trabajo suele estar compuesto de actuaciones lentas, cuidadosas, medidas, atentas siempre a sus propios intereses políticos o económicos. Así, hace pocos días escuchamos a un concejal -no importa cual fue, tanto da uno como otro dado que nuestros concejales son intercambiables- afirmar con perezosa tranquilidad que no era posible cambiar las baldosas dañadas en la zona regenerada por la amenaza de futuras glosas. Es decir, el temor reverencial de las autoridades debe paralizar la obra pública. Lo propio sucede con el director de la Agencia Nacional de Tránsito. Este funcionario paladinamente dijo en televisión que no podía despedir a los agentes corruptos por miedo a eventuales juicios. Ciertamente es urgente una dosis de arrojo en la función pública tanto como una vacuna contra la indolencia.
Carlos García Torres
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