Algo que me ha llamado mucho la atención en todo este lapso que estamos conviviendo con la pandemia y sus variantes es que las gentes, en su gran mayoría, tienen pánico a la muerte, a pesar de que lo único seguro que tenemos en esta vida es la muerte, es más, desde el primer día que nacemos ya estamos propensos a morir. Me pregunto: ¿Por qué tanto temor a la hermana muerte? Este temor está provocando en las personas miedo, ansiedad y angustia existencial, además un incremento exponencial de las neurosis. Dicen los psicólogos que el pánico a la muerte se produce porque no estamos viviendo una vida buena; pero cómo vamos a vivir bien, para prolongar nuestras vidas, si por ejemplo el 95% de las enfermedades son a causa de no tener aire limpio, agua potable y una alimentación sana. Ahora creemos que con la tercera dosis, y con las subsiguientes, ya vamos a vivir como Matusalén (969 años), y hasta dicen por ahí que vuelva pronto la normalidad con su lema español “a follar, a follar, que el mundo se va a acabar” o mejor aún ‘bibamus, edamus, cras moriemur’ (Bebamos, comamos, que mañana moriremos). Entonces asoma la paradoja vírica: no sabemos vivir, luego no queremos morir. Para ayudar a sanar psicológicamente a las personas en esta psicopandemia debemos hacerles entender que vida y muerte se copertenecen, que la vida es la parte luminosa de la muerte y la muerte la parte obscura de la vida. Vida y muerte son las dos caras de una misma moneda. Somos vida-y-muerte (una sola palabra sin dualismo). En definitiva, debemos vivir, como hacían los estoicos griegos, anticipando la muerte (prolepsis thanatou). Hay que aprender a convivir con las tres heridas que según el poeta Miguel Hernandez son: la vida, la muerte y el amor. Ante las tres heridas, si puedes cura, si no, calma, si no, consuela. Se hará lo que se pueda le dijo la lámpara de aceite al sol. Hermoso reto para que este nuevo año sea feliz.
Jorge Benítez Hurtado
jabenitezxx@utpl.edu.ec