El mundo es cada vez más una producción incesante de imágenes que pretenden crear una ‘segunda naturaleza’, imponiendo no sólo las palabras, los objetos y las ideas con que relacionarnos, sino que también nos crea el espacio y el soporte por el cual hacerlo. Es decir, donde habitamos, pasa a estar poblado de redes de conexión que nos dan facilidades para existir en ella.
No está de más anotar, que se va volviendo común que creamos que lo que no está en la red, no existe. Eso quiere decir, que nuestra existencia en el mundo va a depender de si nos alineamos o no a ciertos algoritmos que nos den la ‘presencia’ en ese mundo.
Hay una competencia desenfrenada por la creación de nuevos mundos, que sin reemplazar el fundamento material que nos permite interactuar, van haciendo un lugar para el (falso) encuentro que son las redes, la (falsa) memoria que son las nubes, y la (falsa) vida, desprovista de gente, de sensaciones, de realidad no mediada ni medida por lo tecnológico o lo virtual.
El mundo digital que aspira dominarlo todo, siempre quiere despolitizar a la gente, porque la despreviene de lo que sucede en la calle del barrio, en la ciudad, en el país; otorga siempre razones (válidas o no, ciertas o no, buenas o no), siempre verdades, siempre justificaciones: le da respuesta a todo. Las certezas generadas adormecen el pensamiento, anulan la capacidad de habitar realmente, y la gente se entrega -como si fuese el nuevo objeto de fe- al internet, a lo digital, al dispositivo.
Pablo Vivanco Ordoñez
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