El 1 de enero es como una página en blanco cuando el contador se pone en cero y tenemos 365 nuevos días que son oportunidades de hacer grandes cosas.
Parece que al final de un año y al comienzo de uno nuevo es el tiempo para que nos surjan esos deseos de hacer revisión y balance de nuestra vida. Y por eso al inicio de un nuevo año hago una lista de promesas y buenos propósitos.
Cuán efímeros pueden ser los intentos de realizar cambios, de ser mejores, de alcanzar lo que anhelamos, cuando nos hemos dejado atrapar por el volátil “efecto alcanfor”, que para algunos entendidos es uno de los pocos desperfectos de los lojanos, es decir, cuando no perseveramos en nuestra intención y frustrados nos damos cuenta que no somos capaces de terminar lo empezado y que todo va quedando como una fugaz buena intención y nada más. Perdiéndose muchos buenos propósitos en medio de la vacilación y la falta de determinación.
El inicio de un año no viene acompañado de cambios “per se”, es un tiempo lleno de significado, que podemos aprovechar para que nos impulse a generar el esfuerzo para alcanzar los cambios o propósitos deseados.
El infierno está empedrado de buenas intenciones, decía mi abuela, cuando las buenas intenciones no se hacían realidad o cuando se abandonaba los buenos proyectos que algún día nos planteamos. Es allí cuando estamos ante la falta de perseverancia, que nos deja el sinsabor de la derrota y la desesperanza al no haber luchado por lo que valía la pena.
Hoy es tiempo de hacer realidad los buenos propósitos y cada uno de nosotros tenemos las habilidades, la fe; solamente es necesario poner nuestra decisión, ¡estamos a tiempo!
Zoila Isabel Loyola Román
ziloyola@utpl.edu.ec