Cada uno de nosotros escoge como terminar el año y como recibir al que viene; algunos nos enfiestamos con familia o amigos, otros quemando, saltando o dándole de puntapiés a un monigote y la mayoría realizando las tradicionales cábalas; como la de poner lentejas en los bolsillos, para atraer el dinero, hacernos baños florales o las 12 uvas que representan los 12 meses del año, se comen con las campanas de media noche, pidiendo por cada uva un deseo, que casi siempre es por los demás, olvidándonos de nosotros mismo, sin caer en cuenta de que si nosotros estamos bien el resto también lo estará. Creencias respetables basadas en supersticiones y cuya efectividad o no, se origina en nuestras mentes.
No podemos olvidar a quienes obligadamente, tienen que pasar esa transición solas o solos; este decisivo y acertado comentario de una joven mamá al preguntarle como recibiste el nuevo año y que por esas cosas de la vida le toco pasar así, para pensarlo; “Yo pasé sola en la intimidad de mi soledad, dándome la oportunidad de rencontrarme conmigo misma, mirando en retrospectiva lo vivido en el año que terminaba, concentrada y en silencio para recordar mis logros, fracasos, retos, metas cumplidas, aquello que me faltó, lo que quiero hacer y me di tiempo para poner en ordene mis prioridades; sin lagrimas ni nostalgia, sin cábalas y con realismo”. La reflexión es que, para cumplir nuestros deseos la magia que los hace realidad, es efectuar un plan, trabajarlo y persistirlo.
Talía Guerrero Aguirre
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