¿Para dónde correr?

Mamá, le dijo cerrando la puerta. No hay nada, en ningún lado. Era la tercera semana desde que le agradecieron de su último empleo, para el cual contaba con las credenciales académicas y los conocimientos necesarios; había sido desplazada porque la predestinada dueña del puesto había terminado la universidad hace pocos días. El palanquismo, hija, le dijo su madre, en este país es más que ley, y puede más que todo título.

Las alegrías del pobre duran poco, se decían siempre, y la alegría del grado universitario se diluía en la amargura del desempleo, con título y buenas notas. ‘La universidad debe empezar a pensar con mayor detenimiento el futuro de sus alumnos, no pueden ser simples fábricas de titulados sin esperanza’.

¿Migrar, hija, en medio de tanta inseguridad? Vayas a encontrarte una bala perdida bajando del bus. Y, ¿con qué plata? De tu último trabajo saliste con dos sueldos pendientes.

Leía en los análisis de los intelectuales, de los pre-ocupados, en portales que pocos frecuentan, que ese siempre fue el problema: ‘que el país no se gobierna desde las gerencias’, que ‘entregar la autoridad a quienes ya tienen poder, solo provoca que se ensanche el abismo de la desigualdad: los pobres serán más pobres, y los ricos serán más ricos’. Los esmirriados santos laicos en Twitter hacen malabares para sostener la eficiencia de un gobierno de papel, del que sale mucho humo y poca ayuda.

Ya mi cuerpo debe regresar a lo que es, al fuego, a la tierra, al aire, le había dicho en las últimas semanas. Y lo bueno, lo verdaderamente importante, ya se había terminado.

Pablo Vivanco Ordóñez

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